Abimael Ortiz
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junio de 2025

¿De qué hablamos cuando hablamos de estar conscientes?

Del laberinto de la ciencia a la organización del caos interno — por qué comprender la consciencia es el primer paso para trascender nuestros límites.

Escribir sobre la consciencia es, en muchos sentidos, intentar atrapar humo con las manos. Es la experiencia más familiar que tenemos — el hecho de estar “aquí” — y, sin embargo, sigue siendo el misterio más grande de la ciencia. Mi investigación para la tesis no nació de una curiosidad académica abstracta, sino de una realidad biográfica: la experiencia de habitar una mente que fragmenta la realidad y conoce el caos desde adentro.

En este viaje, he descubierto que antes de poder trascender nuestros límites, primero debemos aprender a nombrar el laberinto en el que vivimos.

El laberinto de las definiciones

Lo primero que descubres al investigar es que “consciencia” es una palabra paraguas que cubre demasiadas cosas. Para mi trabajo, he tenido que separar el grano de la paja.

Mi enfoque — Vigilancia y Atención: Cuando hablo de estar consciente, me refiero al interruptor básico: la vigilancia (estar despierto) y la atención. Es el estado fisiológico que nos permite procesar el mundo. Si la vigilancia falla, la película se apaga.

El “Problema Difícil” de Chalmers: Es la pregunta de por qué sentimos lo que sentimos. Podemos explicar cómo el cerebro procesa el color rojo — el problema fácil — pero no por qué el rojo se siente como rojo.

El Espacio de Trabajo Global: La idea de que la consciencia es como un teatro donde la información relevante se “transmite” a todo el cerebro para que podamos actuar sobre ella.

Entender estas distinciones es vital porque nos permite ver que la consciencia no es una “cosa” única, sino un sistema complejo de redes sincronizadas.

Condiciones mentales: cuando el contenido cambia

Uno de los hallazgos más fascinantes es que las condiciones mentales — la depresión, el TDAH, la esquizofrenia — rara vez “apagan” el interruptor de la vigilia. Lo que hacen es alterar, fragmentar o distorsionar el contenido de lo que experimentamos.

Depresión y el bucle interno: Se observa una hiperconectividad en la Red Neuronal por Defecto (DMN). La consciencia queda secuestrada por la rumia: un bucle cerrado de pensamientos negativos donde el mundo exterior desaparece.

Esquizofrenia y la pérdida de agencia: Aquí se borra la frontera entre el “yo” y el “otro”. El cerebro falla al identificar sus propios pensamientos, proyectándolos como voces externas.

TDAH y Autismo: No son fallas, sino estilos cognitivos diferentes. En el TDAH, hay una alternancia veloz entre la introspección y la atención, lo que genera una experiencia de realidad no lineal. El déficit de atención podría ser, en realidad, la condición humana en un cerebro que todavía está evolucionando y busca desesperadamente un marco de sentido en medio del ruido.

El Observador Competente: trascender el autómata

Aquí es donde la ciencia se une con la vida. La consciencia no es solo un registro pasivo de datos; es una herramienta de transformación. Hay una premisa que guía mi obra: cuando un observador competente observa el caos, este comienza a organizarse.

En psicología y psiquiatría, esto se llama insight — conciencia de enfermedad. No es solo “saber” que tienes un problema; es una apreciación profunda de cómo tu mente construye la realidad.

Dejar de ser un autómata: Estar consciente de tu condición mental es lo que te permite dejar de reaccionar como una máquina movida por hilos invisibles de neuroquímica.

Responsabilidad interna: Implica dejar de culpar al entorno. Si el problema es interno — un mapa de la realidad distorsionado — la solución no puede venir de afuera.


Hacerse consciente de uno mismo, del entorno y del “otro” es el acto de rebeldía más grande contra nuestra propia biología. La neurociencia nos enseña que nuestra experiencia es maleable. Al cultivar una atención plena, entrenamos la capacidad de observar nuestros pensamientos sin ser arrastrados por ellos.

Estar consciente es, en última instancia, tener el valor de mirar de frente nuestro propio desorden interno para que, bajo esa mirada atenta, el ser pueda empezar a encontrar su propio orden.